Vientre_

 

Dicen que Einstein se imaginó a sí mismo en un rayo de luz antes de que se le ocurriera la relatividad.

Yo me imagino embarazado de un bebé que crece en mi vientre, antes de que se me ocurra la relatividad.

No quiero generalizar, pero me parece que a aquellos que no tenemos matriz solo nos toca la mitad de la experiencia humana.

Nos sabemos en el vientre, nos sentimos naciendo, pero nunca hemos nacido a alguien más.

Observo mi vientre, pero como ya fui al baño esta mañana, lo único que percibo ahí dentro son mis músculos abdominales. Me los imagino bajo la piel como una ligera cuadrícula que me encantaría que algún día se viera por fuera. 

Pero más adentro: esterilidad.

¿Cómo puedo yo nacer una vida?

Me imagino un esperma entrando en mí, tal vez mío, fecundando un óvulo.

La madre sabe cuando ha quedado preñada, mientras que al padre solo le parece que ha desperdigado su energía. Supone, el padre supone, yo supuse, yo supongo, que alguien o algo cachará esa energía. Porque no tengo en mi cuerpo esa memoria de cachar algo tan preciado, tan ancestral, tan más grande que yo. Cuando era niño caché una pelota, es a lo máximo que llegué.

Pero la madre no solo cacha la energía, la fusiona con la suya que no es solo suya. Y aunque muchas lo relatan como automático e involuntario, no es posible que toda su voluntad, la voluntad de trillones de seres que forman el cuerpo, no se alinee para permitir la continuidad de esa energía. Como la semilla que cae del árbol en un suelo que aún no es fértil y trillones de seres se acercan para arroparla y empujarla hacia el nacimiento.

La matriz que aparentaba estar dormida solo se preparaba para ese momento. El acto de preparación es el acto. Y aunque por fuera la madre está comparando carriolas en tubebe.com, toda su voluntad está en dividir su cuerpo para que esa semilla vaya formando el propio. Como el rayo de luz que emite un tren a gran velocidad que nunca se ha detenido. Nunca se ha de detener.

Mi abuelo vivió pobre, aunque con dinero.
La energía masculina de mi linaje ha tenido un pie en el sobreesfuerzo y otro en el miedo a la pérdida. Soy esa semilla dividida entre sentirme bienvenido y al mismo tiempo rechazado. Soy esa semilla que ahora asoma la cabeza del vientre que nunca he abandonado y le quiero decir al mundo: no quiero vivir desperdigando mi energía. No quiero vivir si vivir significa fugar mi energía vital en miedos, traumas, prisas e insuficiencias.

Por eso me vuelvo al vientre materno. Nado en esos fluidos calientes y nutricios, y me doy cuenta de que mi semilla nunca se escindió. ¿Será que los que no tenemos matriz de músculo, mucosas y vasos sanguíneos tenemos la posibilidad o el mandato de crearnos una matriz de ideas, de identidades y de cambios en nuestra rutina? ¿Decirle al vientre hasta que entienda que ahí hay algo más que una cuadrícula muscular?

Tal vez.

Digo tal vez porque el embrión no necesita hacer sentido de palabras y de propósitos. Las agendas, los planes de vida y el brand de Instagram que dice a todos lo que vengo a hacer aquí, son superfluos para el embrión que soy. Los significantes no significan nada para el que nada en el vientre. No hay exigencias de hacer sentido más que la de estar, disfrutar y continuar la existencia amniótica de la vida.

Por eso la madre disfruta de esos vómitos, calores, antojos, dolores, preocupaciones económicas o de pareja: la semilla crece en ella con un mandato de vida que trasciende las expectativas sociales de su siglo y las incomodidades fisiológicas que crean espaciotiempo para que la vida continúe. La madre, cuando se hace madre biológica, se acuerda de que el concepto de principio y fin no existe. Todo es tan continuo como la sangre que comparte, como la luz que no cambia su velocidad, aunque el tren esté parado o siga avanzando.  

En esas incomodidades la madre se vuelve a su vientre y confía. No con la cabeza -la cabeza humana nunca aprende a confiar- pero con la existencia. Solo quién se sabe en un vientre materno se atreve a pensar que tiene un vientre materno dentro de sí igual de generativo.

Tal vez esa es mi relatividad.

Mi cabeza se cree el absoluto de que el hombre no es madre.
Mi cabeza salió muy rápido de esa cesárea y olvidó la confianza que sintió por 42 semanas, por 42 milenios.

Regreso ahora al vientre materno como adulto y lloro las vejaciones de mi linaje: los deseos no consumados, las palabras no escuchadas, los abrazos separados, los gritos ahogados, las dudas que escocieron las decisiones de vida, las que ni siquiera pudieron ser decisiones de vida. Lloro porque no seré el último que sufre las inclemencias de las vidas humanas y sé que mis descendientes, las que observo dormir en paz junto a mí, sentirán en sus entrañas las mismas fuerzas devastadoras y dudarán del poder de la vida, dudarán de su propio vientre como continuidad.

Y ante esto, y por eso los neonatos lloran, no hay nada que hacer. Pero no debo querer hacer. Porque la vida, además de no poder terminar de hacer sentido, es esa destrucción y renovación. Las selvas se queman, los gobiernos matan, los trenes se llevan amantes en direcciones opuestas y nunca han de volver a encontrarse en el espacio.

Pero sí en el tiempo. Porque lo que llamamos “continuidad de la vida” no es tan lineal como la flecha del tiempo que la física supone. Tampoco es tan lineal en la línea que separa los cuerpos masculinos de los femeninos que dictan las ciencias biológicas y sociales.

Ahora siento en mis entrañas la posibilidad de un vientre. Tal vez ahí siempre ha estado. Mi mano derecha reposa sobre la piel erizada que es fría por fuera y caliente por dentro. Mi mano izquierda sobre la derecha, la calienta, le agrega una capa más de protección. Le dice a la semilla, que soy yo, que eres tú, que es mi descendencia y ascendencia, que son todos los seres que provocamos la vida: aquí estoy.

Mi piel, como la bolsa que me cubre, como la bolsa que cubre a este planeta que gira alrededor de la luz, me sostiene al ritmo de lo absoluto. Mi sobreesfuerzo se convierte en esfuerzo, mi miedo a la pérdida se disuelve en la certeza de que la pérdida no es tragedia.

No se trata de ser adulto y aprender. Se trata de ser embrión y sentirlo.

Las manos suben, las manos bajan. El vientre sube, el vientre baja.

La luz es ondulada como las olas del mar,

como las olas de la respiración,

como las olas del tren de la eternidad.

 

En este flujo, en este fluido sin palabras, se nos susurra a todo lo que vive y muere:

Te amo, te amo, te amo.

 

Dicen que Einstein se imaginó en un rayo de luz y encontró la relatividad.

 

 

Victor Saadia