La última palabra_
La noche es cálida, pero es aún más cálida en el pequeño cuarto donde se aglomeran más de 20 personas. El calor de los amplificadores, las mamás que vienen del gimnasio, las botanas que crujen en las bocas de los hambrientos y la expectativa de lo que está por suceder en esta noche de ensayo para el festival de música de la escuela.
Los músicos se acomodan y ecualizan los instrumentos. Las cuerdas de las guitarras, los bajos, las cuerdas vocales. Esperamos a que lleguen los demás papás que traen a sus niños porque éstos aún no manejan y algunos ni siquiera aguantan sus propios instrumentos. Hay caos.
De pronto, la batería comienza con el ritmo de Radio Gaga. Los que no tocamos guardamos silencio. Los que tocan saben perfecto cuál es su lugar, su momento de entrar.
La música aplaca el calor, o más bien le da significado. La música no solo alinea a la multitud, sino que la hace sentir en casa. Tantas edades, los dramas de la vida, la incertidumbre inherente de saber y no saber quiénes somos, se alinean al ritmo de la melodía conocida, los aplausos sincronizados y las voces de las Freddy Mercury que sostienen este espacio de claridad.
Y entonces, el caos se convierte en cosmos.
Espero mi turno para tocar la Chica Cocodrilo de Hombres G. Esta canción está en seis octavos y es más rápida de lo que sé tocar, además tiene un triple bombo. Desconfío de mí.
No me avergüenza decir que siento pequeñas envidias de algunos niños a los que les triplico la edad y tocan mejor que yo. No me avergüenza decir que, al ver a este niño de ocho años que apenas lleva ocho semanas tocando batería y que aún no tiene la fuerza muscular para sostener una canción de rock de cinco minutos, me siento un tanto superior a él. Casi como si quisiera que falle para que me den a mí esa canción y yo recibir los aplausos. No me avergüenza decirlo porque como dije antes, no sabemos bien quiénes somos. Y los papás, aún con bigote y coche, tenemos las mismas emociones que los lampiños que andan en bicicleta.
No sé bien quién soy. Aunque la música siempre me recuerda lo que creo haber olvidado.
Los adolescentes intentan ensamblar una canción de Michael Jackson.
No lo hacen bien en el primer ensayo y hay tensión en el ambiente porque faltan pocas semanas para el show. ¿Cuál es el rol de los papás? ¿Presionar para que encuentren la disciplina y logren lo que se proponen, o bien darles su espacio, aceptar sus tiempos, sacrificar un poco la calidad, o eso creemos, y permitir su desarrollo tal y como venga?
¿Cuál es el rol de las mamás? ¿Pedirles a los directivos que pongan a sus hijos en el escenario sin importar el desempeño, o quedarse calladas y que el niño, el pequeño niño, asuma que la mamá no estará siempre para abogar por su posición en la banda de la vida?
¿Cuál es el rol de los niños? ¿Copiar a los padres o desaprender lo que sus padres creen que saben? ¿Aprender de ellos u observar sutilmente como en medio del calor y la presión, los padres también metabolizan sus miedos y prejuicios?
En esta noche, y en todas las noches en casa, ¿cuántos niños logran apreciar el esfuerzo de sus padres de tratar de cambiar su seriedad cotidiana al crear música? De intentar jugar un rato a ser niños porque la vida se les ha metido en medio y han perdido la práctica.
Yo hablo mucho de los cambios de paradigma. Los paradigmas son las formas en las que de tiempo en tiempo, como humanos, aprendemos a interpretar la realidad. Los paradigmas de nuestra época guían nuestras formas de pensar, de actuar, de hablar, de comprar, de compartir y de sentir.
Una banda de rock conformada por padres e hijas, madres e hijos, es un gran espejo de lo que entre generación y generación se va negociando para que cambie o no el paradigma de vida.
¿Cuánto se les enseña a las nuevas generaciones a hacer las cosas como antes y cuánto se les deja encontrar su propio camino arriesgando la falta de estructura? ¿Cuánto se les deja a los hijos criticar a los padres, y cuánto los padres tienen que soltar, verdaderamente soltar, sus estándares de éxito, belleza y verdad?
¿Qué realmente saben los padres que les pasará a sus hijos si dejan de escuchar a Bob Dylan y bailan al ritmo de Bad Bunny?
Toda esta negociación transgeneracional siempre envuelta en emociones difíciles de procesar para los niños de ocho años y para los adultos de ocho años. La fecha del festival acercándose y todos pensando que no hay una segunda oportunidad.
Pero también, y por eso el cambio de paradigma es siempre posible, la negociación viene envuelta en un idioma atemporal que trasciende las convenciones humanas: Un fa sostenido, un síncope vibrante, una armonía vocalizada que no dice nada y dice todo.
Del caos al cosmos.
Puede pasar de todo al organizar los ensayos con las complicadas agendas de estos niños que trabajan en grandes corporativos, pero cuando vemos y escuchamos a nuestros hijos cantar Live is Life, aunque no se saben la coreografía ni la letra, ni saben bien lo que ésta significa, los padres sentimos un escalofrío subir por la espalda, tal vez una lágrima asomarse, que nos confirma que somos más grandes y profundos de lo que en la cotidianeidad nos damos cuenta. Esa emoción es la que nos permite confiar, soltar, sentir justo lo que la canción predica: que la vida se experimenta mejor cuando se vive celebrando y en conexión con los demás.
Me pregunto cuánto del cambio de paradigma es buscar brillar en el escenario y cuánto es justamente intentar que el paradigma cambie, aunque nadie sepa quién hizo lo que se necesitaba porque no buscó el reconocimiento. El logro del otro, el logro de cualquier niño que apenas comienza, es un logro colectivo. Este es el regalo de vivirse en banda. Lo que estas madres intuyen al equilibrar las fuerzas, necesidades y proyecciones de otros, y sin imponer, sin forzar, hacen que Eye of the Tiger suene mejor que cuando Rocky ganó el triple campeonato por sí solo.
El show dura dos horas y sucede hacia afuera. Pero el verdadero show sucede dentro de cada uno de nosotros y no termina nunca. El cambio de paradigma depende de la no-respuesta. De la ambivalencia de ser padre, al mismo tiempo que uno se deja paternar por los que vienen. La música no solo relaja el sentido nervioso, relaja el sentido existencial.
Que descansen nuestras dudas en el ritmo de esta melodía transgeneracional. Que la música siempre tenga la última y la primera palabra.