Casa_
En casa, puedo ver en la oscuridad.
Si son las tres de la mañana y alguien dejó una luz prendida que se cuela entre la puerta y su marco, sé perfecto cómo estirar mi brazo, abrir el cajón, tomar mi antifaz y ponerlo sobre mis ojos.
Si alguien dejó la luz apagada, pero el súbito despertar de las tres de la mañana me invita al baño, lo hago sin ruido, sin chocar con nada, sin hacer sonar la pipí en el agua y sin salpicar ni una gota. Regreso a mi cama sin haber abierto los ojos.
Esa es la casa: la que el cuerpo se sabe en un mundo conocido.
Mi cuarto de infancia: El rechinido de la ventana al cerrarla, el silbido de la persiana al abrirse, el empujón extra que había que darle a la puerta para que selle, las tres vueltas y tres cuartos para que el agua no esté tan caliente ni tan fría, solo perfecta, la textura de la toalla extraseca al secarme, las gotas de lluvia pegando en el domo del comedor, el algodón grumoso de mi almohada de tantos años, y un tronido que nunca he sabido de qué era, pero antes de dormir, la pared chasqueaba y le decía a mi sistema: estás en casa, eres tú.
Luego los cambios de casa, a veces con toda la familia, a veces solo, a veces con la pareja. El nuevo re-asentamiento, el nuevo olor, el nuevo truco para que la puerta selle.
Y luego otro.
Y luego otra.
No hay casa permanente.
Mis bisabuelos son de Irán, mis abuelos de Siria y Líbano, mi padre nació en Francia, mi madre en Brasil. Yo nací en México. Mis hijas en Estados Unidos. Mis bacterias son del pleistoceno, mis átomos de Próxima Centauri.
Y aunque lleváramos todas estas generaciones en la misma ciudad, en la misma calle, en la misma habitación, con la misma almohada de algodón grumoso, mi historia, la de todos, es siempre una historia de errancia.
Cuando me acuerdo de que soy nómada, todo tiene sentido.
Supón que te vas a un viaje. Cambias de ropa, de idioma, de amigos por un rato. Pero el chasquido de tu pared ahí está. Te recuerda que ésta es tu casa y que ése eres tú. Aunque esa casa esté a leguas de distancia y aunque hayan demolido esa pared.
También está el álbum de fotos, con su mica pegajosa y transparente. Dejamos de pegarle fotos, pero el icloud que acceso desde el avión que me llevará a este viaje, ahí está también.
Las tumbas de mis muertos, mis libros en algún librero, mi caja con todos los documentos que le dicen al sistema legal lo que soy y lo que tengo, ahí están también.
¿Qué me preocupa de una levantada a las tres de la mañana donde chocaré mi dedo chico del pie con el borde de una nueva cama?
Soy nómada: los meñiques existen para pellizcarse.
Soy nómada: cualquier duda sobre la estabilidad del puerto desde donde zarpo pierde importancia al danzar en la nueva marea.
Soy nómada: cualquier certeza de destino es solo otro punto de partida.
En el tamaño del espaciotiempo universal, cualquier travesía es corta en el tiempo y el espacio. Al nómada le parece recorrer distancias eternas, cuando lo único que hace es estirar la mano para abrir su cajón de cama.
Soy nómada porque tengo casa. Soy nómada porque soy mi casa.